EL SALTO DE LA MAROMA
JOHN MILLER (1817)
“Entre las cosas que hacen para divertir a los huéspedes, la destreza en montar a caballo es
la ostentación favorita de un estanciero.
Éste dispone que traigan unos cuantos potros sin domar y que los metan en el corral, que es
un círculo cerrado de fuertes estacas clavadas en el suelo y atadas unas a otras con tiras de
cuero; algunas veces son de tapias de tierra o de piedra.
Colocan una barra a una altura proporcionada en la única entrada que tiene el corral, la
cual es tan estrecha que no cabe más que un caballo a la vez. Un peón se pone encima,
abierto de piernas, y se deja caer perpendicularmente sobre el lomo de uno de los potros
que pasan a galope por debajo, y se sostiene en pelo, sin silla ni brida, asegurando sus
largas espuelas contra la barriga del potro, el cual principia a hacer corcovos, a dar coces,
levantarse de manos, dar brincos, saltos de carnero y cuantos esfuerzos puede para tirar
al jinete, hasta que asustado y rendido, se deja manejar perfectamente. Si el peón desea
desmontar antes que el caballo esté cansado, arma una especie de zancadilla poniendo un
pie entre los brazuelos del potro, le aprieta debajo del pecho y, poniéndose derecho, cae el
caballo a sus pies, sin hacerse daño el jinete [...].”
El gaucho a través de los testimonios de extranjeros. Buenos Aires: Emecé, 1947, p. 23.
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RIÑAS DE GALLOS
ALFREDO EBELOT (1889)
“Los conocía desde Buenos Aires, en que no pasan de ser tolerados, y tienen un edifi cio
propio que recibe cada domingo un centenar de afi cionados, verifi cándose las riñas con
una seriedad escasamente pintoresca. ¡Qué distintas eran las cosas en la Banda Oriental ! El
reñidero se instalaba en el patio de una confi tería, al pie de dos o tres raquíticos naranjos.
Bastaba al efecto un pequeño circo portátil de lona, con tan liviana armazón de madera que
podía llevarse con una sola mano.
En el fondo del patio estaban en línea las jaulas de los gallos de riña, cuidados con
tanto esmero como un stud de parejeros. Cada habitante tenía su nombre y genealogía
-generalmente oral, sin duda-. Para que pueda llevarse un studbook en regla, será preciso
que el leer y escribir se generalicen entre los apostadores.
Apenas armado el circo y guarnecido su interior con una capa de linda arena, los jugadores
acudieron. Cada uno llevaba debajo del brazo su gallo tapado con un poncho, y se hicieron
las apuestas: “¿Cuánto pesa su gallo? “Tantas libras”. “El mío pesa solamente tantas”.
Tratan de oponer uno a otro dos gallos del mismo peso, cuando sus demás condiciones son
análogas. Pero tal gallito todo nervios podrá competir ventajosamente con un gallo grande
todo huesos.
Esto depende de la casta, de la preparación, de la destreza en la esgrima de la púa, de los
antecedentes del padre, de gloriosa memoria. Son otras tantas cuestiones que se discuten
horas enteras entre dueños de gallos. Los que quieren apostar miran, escuchan, toman
apuntes mentales, palpan sus pesos de plata en el bolsillo, al establecer el cálculo de sus
pollas, sin juego de palabras, absorto el pensamiento y relucientes los ojos.
En fi n, se pusieron dos gallos en presencia. Uno era viejo, pelado y tuerto. Su dueño era un
gaucho ya entrado en años que se le parecía bajo varios conceptos. Por lo demás bien en
punto, nada cargado en carnes, superiormente preparado -el gallo, se entiende-, y diestro,
según se decía, como el diablo para pegar en plena garganta al adversario.
El otro era un gallo nuevito que se estrenaba. Su padre había sido célebre, su madre era
cualquier cosa. Le faltaba, aseguraba su propietario, cuatro o cinco días de preparación.
Un criador serio de gallos avalúa esto con una aproximación de horas. Pero el gaucho viejo
sostenía que esta aserción no pasaba de un ardid, que se hallaba en el estado preciso.
El gallito arrancó bien. Tenía furia. Abusaba tal vez del pico, ensangrentando la cabeza de
su contrario; pero si no consiguen hundir el cráneo, tales golpes no son decisivos. Dos o tres
puazos que dirigió el viejo, y que me parecieron fi rmes, determinaron, a pesar de esto, una
baja en sus acciones. “Es torpe”, decían los entendidos, y el viejo gaucho aumentaba sus
apuestas, jugaba contra todo el mundo.
Su gallo, chorreando sangre, erizadas las plumas, se cansaba visiblemente. El gallo nuevito
adquiría mayor fi jeza a medida que se le apagaban los bríos. Los últimos cinco minutos
-el asalto duró unos veinte- fueron palpitaciones. El gallo viejo, con su único ojo tapado
por la sangre, ocultó su cabeza, que laceraba el terrible pico, debajo del ala del otro, y
ambos dieron vueltas algún tiempo sin que hubiese forma que la sacase. Las apuestas se
multiplicaban rápida y gravemente, en voz baja. Cuanto más impresionado y ansioso está
el el gaucho, tanto más impasibilidad demuestra su fi sonomía.
El combate se armó de nuevo, con mayor encarnizamiento. De repente el gallo viejo dio con
la coyuntura que buscaba, y le asestó su golpe de gracia, su estocada secreta. El otro siguió
peleando un ratito. A veces le silbaba la garganta, a veces se sentía un glu-glu sordo. Lo
ahogaba la sangre. En fi n, no pudo más, disparó pidiendo merced.
¿A qué decir que no, si así es? Pidió merced, el desgraciado. Emitió dos o tres quejidos
inarticulados. Esto se llama cacarear. Es la vergüenza de las vergüenzas. El viejo, mientras
tanto, victorioso, ensangrentado, horroroso y soberbio, lo miró con desprecio e hizo sonar
su canto triunfal.”
Ebelot, Alfredo. La Pampa , costumbres argentinas. Buenos Aires: Ciorda y Rodríguez, 1943,
p. 79.
GALERAS Y CARRETAS
XAVIER MARMIER (1850)
“La República Argentina tiene sus carruajes indígenas que no pueden ser reemplazados por
ningún otro. El primero y más elegante es la galera (¡verdadera galera!): una monstruosa
caja de madera colocada sobre una no menos monstruosa armazón. Atan a ella ocho o
diez caballos y con el carruaje marcha. Otro vehículo es el carro de transporte o carreta,
mastodonte de la carretería, que parece exhumada de las capas seculares de la antigua
barbarie gala. Emplean todo un árbol en su construcción, una viga entera para lanza, otra
viga para el eje y no sé cuántas ramas gruesas para llantas y rayos de las ruedas, que tienen
diez pies de diámetro.
Sobre el eje va colocada una especie de arca gigante como para recoger todas las especies
animales en caso de naufragio; el arca va cubierta con cueros de vaca y cerrada por tres
lados, menos por delante, como una gran cuba. Toda una tropa de viajeros cuando han de
trasladarse a la estancia lejana.
Adentro, el carretero amontona toda la carga que se le ha confi ado. A este pesado convoy
se atan -a gran distancia una de otra- tres yuntas de bueyes. El carretero se sienta en
medio de la última yunta, sobre el yugo, con las piernas cruzadas y armado de una caña
con la que puede aguijonear a todos los animales. Cuando el asiento le fatiga, sube a la
carreta, de cuya bóveda pende, como un mástil de bauprés, otra caña que, mediante un
fácil mecanismo, el conductor puede mover a voluntad, alcanzando a la yunta delantera.
Quienes han visto los convoyes primitivos de las estepas rusas o del Cabo de Buena Esperanza,
pueden representarse, bajo su aspecto verdadero, estas caravanas argentinas de diez,
quince y veinte carretas, caminando lentamente, una tras otra, por caminos polvorientos
de huellas profundas a través de la llanura desierta que no pueden recorrer sin un guía
experimentado. Un hombre a caballo recorre la línea de carretas, ordena los movimientos
de la tropa, organiza los campamentos.
Lo que se dice del camello en el desierto, puede decirse de estas tropas: son los navíos de la
pampa. Un comerciante las fl eta en Mendoza o en Santa Fe como si fueran barcos, las carga
de maderas, de frutas, de cueros o de otros productos y las expide a su consignatario en
Buenos Aires. Este último las devuelve con las cargas de paños, muebles o licores. De esta
manera, los productos de la industria europea van, desde los muelles del Havre y Liverpool,
hasta el pie de los Andes.
La caravana no hace más de cinco o seis leguas por día. Llegada la noche, se detiene junto
a un pastizal y toma sus precauciones para ponerse a cubierto de dos especies de enemigos:
los indios y los tigres. Las carretas se disponen en círculo, formando como una empalizada
en medio de la cual encienden fuego para asar carne y ahuyentar a las bestias feroces.
Especial 10 de Noviembre - Dirección de Producción de Contenidos - DCGyE
Si se advierte algún peligro, dos o tres hombres hacen vigilancia mientras los demás duermen
en el suelo o en la carreta. Al llegar a Buenos Aires forman el mismo campamento.
Hay en la ciudad cuatro o cinco plazas que son como las radas donde echan el ancla y
desatan sus cables estas bricharcas de tierra. El carretero queda en la plaza sin ocurrírsele
ir a ver el obelisco de la plaza de la Victoria ni la magnifi cencia de la calle del Perú. La
carreta es su casa y su almacén.
Durante el día trabaja en cargarla o en descargarla. Por la noche le sirve para dormir.
Algunas veces el carretero viaja con su mujer que le ceba el mate o le prepara el asado de
cordero. En las horas de descanso, se acerca a sus compañeros, que también permanecen
fi eles a sus tiendas nómades. Será difícil que en el grupo ambulante falte algún músico que,
acompañándose con su guitarra, cante alguna canción. Si a este concierto, que a menudo
se acompaña con estallidos de risas, se agrega una botella de caña, todos se sienten felices,
con una felicidad comunicativa que se extiende a la gente de los alrededores.
Muy a menudo, callejeando al azar, me he sentido fascinado por el efecto tan singular de
aquel pintoresco cuadro. ¡Qué trajes y qué fi guras dignas del pincel de Callot! ¡Qué brillo el
de aquellos ojos negros y qué franca explosión de alegría, a cada repetición de una tonada
burlesca! Por lo demás, diré que estos hombres parecían mostrar en su fi sonomía un alma
honrada y que lamentaré ¡ay! toda mi vida no haber podido embarcarme con ellos para
seguirlos en todas las alternativas de su marcha, en toda su despaciosa travesía. Carreteros
y ganchos: he ahí la parte más pintoresca de la población de Buenos Aires.”
Marmier, Xavier. Buenos Aires y Montevideo en 1850. Buenos Aires: El Ateneo, 1948, p. 67
*Aclaración: Se respetó la ortografía de la fuente documental.*
